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El antiguo Iriarte

Ropa, zapatos y bolsos para una mujer real

Historia

El Antiguo Iriarte nació en 1963 cuando mi abuela Milagros Santiago García, viuda de Juan Manuel Solís, marino mercante y práctico del puerto de Avilés, adquirió mediante traspaso un pequeño comercio de venta de paraguas y bisutería en la calle Magdalena esquina con Juan Botas, en Oviedo, para que lo atendieran sus hijos, Juan Manuel y Eloy.

Pero los dos jóvenes cansaron en seguida de vivir tras un mostrador e iniciaron una próspera carrera de representantes comerciales que ejercerían hasta su jubilación. Fue entonces cuando sus esposas tomaron las riendas del negocio familiar. Primero se incorporó mi madre, Nini, la mujer de Juan Manuel, y tiempo después, Josefina, la mujer de Eloy. La matriarca, Milagros, seguía todas las operaciones comerciales sentada en una silla al fondo del largo mostrador. Ella nunca atendió el comercio, pero sí ejercía de relaciones públicas charlando con los clientes y atrayendo a sus amistades.

La familia Solís abandonó la venta de bisutería, pero siguió vendiendo paraguas durante muchísimos años. Del techo del establecimiento, sobre barras que atravesaban el local a lo ancho y a lo largo, colgaban cientos de parasoles. Los había de niño, de niña, de cadete, de pollita, de caballero y de señora. Con un palo en cuyo extremo había un gancho, mi madre y mi tía cogían los artículos que los clientes les solicitaban. En días de lluvia, se vendían docenas. Aunque los paraguas más caros, los de doble tela, empuñaduras nobles o sedas italianas se guardaban en unos expositores tras el mostrador.

Josefina y Nini, conocidas como la rubia y la morena, fueron incorporando otros productos a esta pequeña tienda de barrio. Botas de vino de las Tres Zetas, cinturones y bolsos de cuero, bolsas de playa, mochilas para el cole, ataches y portadocumentos, billeteros de señora y de caballero, bolsos de piel y de polipiel, bolsos de lona, maletas, guantes… Era una tienda de las de antes. Atiborrada de mercancía, con cajones rebosantes de carteras y de polilla.

El comercio tenía dos entradas. La principal, por la calle Magdalena, con dos puertas batientes y un escaparate a cada lado, y una más pequeñita, de una sola hoja, por la calle Juan Botas. También en este lateral, había dos vitrinas, pero más pequeñas. En una de ellas, lucían colgadas las botas de vino (podían ser o no curvadas y de diferentes medidas) y los cinturones y bolsos de cuero que se iban “poniendo morenos” cuando les daba el sol. En el portal de al lado, en Juan Botas, Pepe, el guarnicionero, tenía un pequeño taller en el ático en el que cortaba o confeccionaba los cinturones y las correas a medida. Cuántas veces, de niña, subí a su buhardilla a recoger algún encargo. Era una estancia pequeña y muy luminosa con un olor a cuero que me fascinaba.

Mi abuela murió  en 1985, a los 86 años de edad. Sus nueras siguieron atendiendo el negocio y sus hijos viajando. En verano y en Navidad, mi hermana Vanessa y yo echábamos una mano en la tienda para ir conociendo los secretos del negocio y para ganarnos algunas pesetillas extra. Atendíamos, marcábamos mercancía, ordenábamos cajones, envolvíamos, acompañábamos a mi madre y a mi tía a los muestrarios… lo que cuadrara.

A finales de los 90, el edificio donde se ubicaba la tienda fue declarado en ruinas y hubo que rehabilitarlo. Durante los trabajos de reconstrucción, mi padre compró otro local en la calle Magdalena cuya galería trasera se asoma a la calle Fierro. El negocio se trasladó unos metros, del número 24 al 14. Cuando el edificio ya estuvo terminado, volvimos a la vieja esquina pero a un local mucho más amplio y luminoso, con la piedra vista y cuatro magníficos escaparates. Fue en este momento cuando mi hermana, que había estudiado Turismo pero que nunca llegó  a ejercer, se sumó al negocio familiar y se hizo cargo de esta nueva tienda incorporando prestigiosas marcas de bolsos e introduciendo nuevos productos, como ropa y calzado. En la antigua tienda, en el número 14, continuaron mi madre y mi tía vendiendo maletas, bolsos, carteras, billeteros, paraguas, bolsos de fiesta o guantes.

Pero los tiempos cambian y los hábitos de consumo también. El viejo negocio iba en declive y despuntaba con más fuerza el nuevo, con sus marcas y un producto más sofisticado y escogido. El local de Magdalena 14 acabó cerrando como tal y mi madre y mi tía se jubilaron. Abrimos allí dos tiendas más, El pequeño Iriarte, una tienda de ropa infantil, donde yo, que hasta entonces ejercía como periodista en La Nueva España, me incorporé al negocio familiar, y By Iriarte, de ropa y calzado de mujer. Pero ninguna funcionó. La tienda original, el local de la esquina, es el que siempre ha tenido tirón y el que ha gustado a la gente.

Y ahí es donde estamos ahora la tercera generación de mujeres de una misma familia. Vanessa y yo le hemos dado una mano de pintura, cuidamos el escaparatismo, hemos cambiado su imagen corporativa y hemos incorporado nuevas marcas. También estamos potenciando nuestra presencia en las redes sociales y en internet pero nuestro fuerte y lo que nos han enseñado desde pequeñitas es a tratar bien a la gente, a saber que cada persona que entra por la puerta es única y especial y a escuchar. Nos gusta conoceros, cuidaros, saber lo que queréis, cómo os llamáis o cual es vuestro estilo.

En el Antiguo Iriarte, hoy, somos dos hermanas, Vanessa y Sandra (bueno, y mi madre que siempre anda por aquí) y nuestro maniquí eres tú.