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El antiguo Iriarte

Ropa, zapatos y bolsos para una mujer real

Un viaje al pasado

La décima

Frente a una de las casonas indianas de Ribadeo, en la calle San Roque.

 

   Por Sandra Solís

 

Este pasado fin de semana he realizado un maravilloso viaje al pasado que quería compartir con vosotros de lo feliz y entusiasmada que me he sentido. Gracias a Cova y a Benjamín, dos buenos amigos y clientes, supe de una fiesta indiana que se celebra en Ribadeo desde hace tres años para homenajear a los emigrantes gallegos que se fueron a hacer las Américas, allá por el final del siglo XIX y principios del XX. Con lo que yo no contaba es con la total implicación de los habitantes del pueblo y con la fantástica caracterización de locales, plazas, calles y parques. Durante unas horas creí estar, literalmente, dando un paseo por un pueblo gallego en el año 1896.

 

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 Me imaginaba, por lo que me había contado Cova, que habría mucha gente vestida de indiana y, por eso, le sugerí a Nole, mi pareja, que también fuéramos caracterizados. Siempre te sientes más ambientado y lo pasas mejor si te adaptas a las costumbres de la fiesta local. Improvisamos dos disfraces e, incluso, nos inventamos la historia de nuestros personajes. Cómo no teníamos chaleco, ni americana blanca, ni pantalón para Nole, le adjudiqué unos pantalones míos de lino de esta temporada, de la marca Intropia, que combinó con unas sandalias, camisa blanca y sombrero de paja. Ya teníamos un jornalero perfecto. Yo me puse un vestido largo y blanco con la espalda de encaje, de La Fée Maraboutée, un chal sobre los hombros anudado en el pecho, unos zapatos de estilo retro de c.doux, guantes de encaje blanco, un collar de perlas de pega y una pamela blanca (estos últimos complementos, del chino). Acompañé mi atuendo con un bolsito bombonera de Francesco Biasia. Una indiana altiva y snob que volvía a su tierra forrada de dinero con la intención de construir un palacete en la calle San Roque.

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Ya teníamos disfraz e historia. Y así, desembarcamos en Ribadeo. Y nada más adentrarnos en su calle principal, la que concentra el mayor número de ejemplos de arquitectura indiana de la villa, nos engulló una oleada de gente ataviada de blanco, con preciosos sombreros, sombrillas, abanicosvestidos, faldas con blusas de encaje, trajes de lino y bastones. Todos, bebés, niños, adolescentes, mayores y ancianos lucían una cuidada estética indiana. Nosotros no salíamos de nuestro asombro. Bares y cafés habían sido engalanados con altas hojas de palmera y lucían en sus vidrieras carteles de la época, “Se sirven bebidas refrescantes”. Los escaparates de los comercios de moda mostraban atuendos de onda indiana y en el resto de las tiendas se exhibían enseres de la época. En el teatro, una magnífica exposición de fotografías auténticas de principios de siglo y de carteles de las navieras publicitando sus enormes barcos a ultramar y la venta de pasajes. De farola a farola, banderillas de colores. Hasta el quiosco de la música lucía de blanco adornado, al igual que el resto del parque, con farolillos de papel. En el puerto, se simuló el desembarco y la bienvenida a los emigrantes que habían hecho fortuna y que regresaban a la villa gallega. También hubo exhibición de coches antiguos, pasacalles, festival de habaneras, talleres de baile, mercado de productos de ultramar, verbena (amenizada por un grupo cubano) y sesión vermú, con la banda de música, también caracterizada para la ocasión.

 

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 Qué preciosidad de fiesta. Los habitantes de Ribadeo no sólo se vistieron para tan hermoso homenaje, sino que se metieron de lleno en el papel. Había señoras, mentón alto y gesto serio, altivo, con sus criadas de color; parejas paseando a su bebé, con pololos y puntillas, en carritos de la época; señores jugando a las cartas mientras apuraban su puro; matrimonios paseando del brazo e inclinando la cabeza cuando se cruzaban con algún conocido. Las damas tan femeninas, los hombres tan altaneros. ¿Y los sombreros? Qué maravilla. Entre los caballeros predominaba el Panamá y, entre las mujeres, el canotier o gondolero (adornado con arreglos florales al gusto) y las pamelas. Nosotros caminábamos entre las gente fascinados con semejante viaje en el tiempo.

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Nos fotografiamos con todo aquél que quiso posar con nosotros. A decir verdad, todo aquél al que se lo propusimos. Les felicitamos por una fiesta tan bonita y nos dejamos llevar por su entusiasmo y entrega. Acabamos la noche bailando pasodobles, vals y habaneras, disfrutando como niños. Fue un 9 de julio de 1896. Tal cual.

5 respuestas a “Un viaje al pasado”

  1. Raquel Matilla a través de Facebook

    Jolin, que pasada!!! Me gusta mucho como se vestía en esa época. Todo parece más lento y relajado.

    Responder

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