El antiguo Iriarte

Ropa, zapatos y bolsos para una mujer real

Por todas las mujeres

 

Por todas las mujeres

 

Por Sandra Solís

 

Parar para llegar, para alcanzar esa igualdad que, al menos a mi generación, nos han vendido como si ya existiera, como si ya se hubiera logrado, cuando nos decían aquello de la liberalización de la mujer y el acceso al mundo laboral. Bla, bla, bla. Nosotras lo que hacemos es trabajar el doble. Dentro, fuera y a jornada completa, casi sin descansos. Pero no voy a contar lo que todos ya sabemos, sobre todo las mujeres, que, siempre a la carrera y haciendo mil cosas a la vez, lo sufren en sus propias carnes. Hoy quería relataros mi experiencia machista en el mundo laboral. Hoy quería mojarme, dar la cara, hacerlo visible.

Durante 9 años, más uno de excedencia, trabajé como periodista, carrera que cursé durante 5 años y que obtuve con un buen expediente académico, en un conocido medio de comunicación asturiano. Comencé haciendo prácticas en verano y me quedé. Durante mucho tiempo, trabajando a metro (es decir, cobrando por trabajo realizado), sin ordenador, sin mesa, sin teléfono… mendigando un lugar para trabajar en la redacción cuando alguien de plantilla se iba a cubrir algún evento. A veces, escribía mis artículos en tres ordenadores diferentes. Al final de mes, tenía que pasar un listado con mis publicaciones y me ingresaban en mi cuenta lo que consideraban oportuno. Jamás supe que baremo aplicaban, cuánto pagaban por cada artículo, pero si puedo constatar que no estaba muy bien retribuido. Un año o dos después, tras ver cómo algunos compañeros hombres que habían empezado al mismo tiempo que yo e incluso después, iban obteniendo antes que yo el ansiado contrato laboral (de seis meses renovables, tampoco tiremos voladores) me empecé a mosquear.

Un día, por fin, llegó mi turno. ¡Conseguido! Un contrato de seis meses. Puesto: redactora. Pero el sueldo seguía dejando mucho que desear. Yo desempeñaba el mismo trabajo que cualquier redactor de la Casa, como les gustaba llamar a la empresa. Pero un día, casi por casualidad, un compañero me mostró su nómina y comprobé que, a igual puesto, responsabilidad y antigüedad, él cobraba más que yo. Bastante más. Empecé un pequeño trabajo detectivesco sobre los sueldos de unos y otras y lo que descubrí (con gran esfuerzo porque se cuidaban muy mucho de que la gente no difundiera su salario) me mosqueó aún más. Ni corta ni perezosa se lo solté al director del medio de comunicación, un hombre al que aprecio y admiro, que lleva muchos años en la Casa.

-¡Qué cosas tienes, Sandrina!-, rio con mí ocurrencia.

Tuve la sensación de que yo me comportaba como una niña en plena pataleta a la que nadie hacía caso.

Durante aquellos primeros años en este medio de comunicación, mi hermano murió repentinamente en un accidente de coche. Mis padres no estaban en la ciudad y fui yo la que tuve que ir a identificarlo y a ocuparme de todos los trámites. Mi hermano tenía 28 años. Yo, 25. A la semana del fallecimiento de Juancho, me incorporé a la redacción. Pero fue muy duro, durísimo, y había momentos en los que tenía que esconderme en el cuarto de baño para llorar a escondidas. Sin embargo, un día ese llanto afloró en plena redacción. Apenas unas lágrimas contenidas y sin hacer ruido, pero mí jefa de sección me vio y muy nerviosa pilló por banda a otra chica que trabajaba en la redacción “a metro”, como yo, y le dijo que me sacara pitando de allí.

-Salid a tomar un café. No quiero que te vean así, Sandra. Aquí no toleran las lágrimas y menos de una mujer-, espetó.

Ese suceso me traumatizó durante años. ¡Qué falta de humanidad!

Pero allí seguí. Aguantando estoicamente.

A mí siempre me han gustado los deportes, bueno, menos el fútbol, que detesto. En la redacción solía acercarme a esta sección, formada únicamente por hombres, para seguir los partidos de tenis. Algunos me gruñían directamente. No era una sección donde las féminas fueran muy bien recibidas. El resto me toleraban, sin más. ¡Pero ay amigo! Un día vino a la ciudad la selección española de fútbol y me enviaron al Reconquista a entrevistar al jugador de moda por entonces, Julen Guerrero. Ese día sí. Ese día publiqué en Deportes. Una “magnífica” entrevista en la que me dejaron muy claro que tenía que preguntarle si tenía novia y a qué se dedicaba en su tiempo libre. Ese día sí. Para esa entrevista sí querían a una mujer. Y, a ser posible, joven y salerosa.

Mis contratos de seis meses con derecho a prórroga se fueron extinguiendo hasta que, por ley, debían o hacerme fija o despedirme. Me hicieron fija. Seguí trabajando de redactora sin visos de ascender mientras algunos compañeros que habían empezado a la par ya se barajaban como jefes de sección.

Y así fueron pasando los años hasta que, con 33, fui madre de una niña que, desde el minuto cero, me robó el corazón. Trabajé hasta una semana o quince días antes de dar a luz. Hasta entonces, jamás había cogido una baja. Tras el permiso de maternidad pedí un año de excedencia. Quería disfrutar de mi hija, atenderla, verla crecer, escuchar sus primeras palabras y estar en sus primeros pasos. Y todo eso, con el horario y el trajín de un trabajo de redactora en un medio de comunicación, me hubiera resultado imposible. Al vencer el período de excedencia regresé y pedí reducción de jornada. Recuerdo como si fuera hoy mi entrevista en el despacho del director (que era otro, al que no admiro tanto y que llevaba menos tiempo en la Casa).

Me dijo que nunca hasta entonces una mujer de la empresa había pedido tal cosa y que, si me lo concedían, iban a venir todas detrás con la misma petición. Curiosamente, la Casa había sacado ese mismo  fin de semana un extenso reportaje sobre la conciliación laboral y familiar de las mujeres. Por supuesto, decantándose a favor de medidas que favorecieran tal equilibrio. Así se lo observé al director. Me miró con una sonrisa burlona y me ofreció llegar a un acuerdo económico si decidía abandonar la empresa. De nuevo me sentí como una niña con pataleta.

Y me fui. Acepté el dinero que me correspondía por los años trabajados (una porquería teniendo en cuenta que tuve contratos basura y un contrato definitivo años después de haberme incorporado a la Casa) y opté por disfrutar de la crianza de Lucía. “Un trabajo es un trabajo pero el tiempo de gozar de mi pequeña no lo volveré a tener jamás”, pensé.

Y así terminó mi profesión de periodista. Ni un segundo en mi vida me he arrepentido de tomar tal decisión. Pero no quiero que mi hija tenga que verse en semejante disyuntiva.

Por eso hoy he querido contar esta historia, que es la mía pero que podría ser las de muchas otras mujeres. Y cuento esta y no otra porque ha pintado así, pero podría hablar de discriminación y maltrato por ser mujer en otros muchos ámbitos. Cosas que me han sucedido. Hay desigualdad respecto a los hombres. En los cargos, en los sueldos, en las pensiones, en las labores del hogar, en el cuidado de los hijos, en la atención de los mayores, en…

Hoy paro. Para llegar. Por Lucía. Por mi madre y mi hermana. Por mí. Por todas las mujeres.

Por la igualdad.

Por todas las mujeres

 

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