El antiguo Iriarte

Ropa, zapatos y bolsos para una mujer real

Las sillas de mi abuela

 

 

Las sillas de mi abuela

Por Sandra Solís

 

Yo creo que las sillas de mi abuela han determinado el carácter de El antiguo Iriarte. Gracias a ellas la tienda tiene ese halo de confortabilidad y confianza, de estar en casa y entre amigos, que invita a la charla, a las confidencias, e incluso, a algún secreto. Las sillas de mi abuela son seis y son de esas sillas de madera que ya no se ven. Enormes, pesadas, de madera repujada y, sencillamente, divinas. Se fabricaron en una mueblería de Gijón a principios de siglo (todas tienen una pequeña plaquita en la parte baja del respaldo que así lo atestigua) y presidieron el salón de la madre de mi padre, la abuela Milagros, desde que yo recuerde, a juego con una mesa inmensa y un espejo descomunal, ambas piezas también realizadas con esa misma madera llena de formas, recovecos y curvaturas. Tras la muerte de mi abuela y con la reforma de la tienda, mi padre sugirió incorporar los seis asientos a la decoración del comercio, no así el resto del mobiliario, demasiado grande, que fue vendido.

Las sillas de mi abuela

 

Un proceso de cuidada restauración, que incluyó tratamiento anti polilla y barnizado de la madera, sustitución del relleno del asiento y tapizado, devolvió a las sillas de mi abuela todo su esplendor. Son las niñas bonitas de mi padre, quizás por lo hermosas que son y por el recuerdo materno, y es capaz de saltar a la yugular a todo aquel que ose botar sobre su mullido asiento, apoyar los pies en la madera que cruza las patas delanteras o trepar por el respaldo. Es decir, la mayor parte de los niños que imaginan que esos enormes asientos son el trono de un gran Rey o un trampolín donde botar a gusto para salir propulsados hacia el espacio. Salvan los pequeños que papá no baja mucho por la tienda.

Las sillas de mi abuelaLas sillas de mi abuela

En las sillas de mi abuela es donde esperan sentados la mayor parte de los maridos mientras sus esposas se prueban algún vestido o tontean con las docenas de bolsos que reposan en las estanterías o en el colgador. Si no hay mucho jaleo y sí hay confianza o un amigable colegueo, nos sentamos a su vera la que estemos atendiendo y disfrutamos juntos del desfile. Es muy divertido vivir esa especie de back stage de andar por casa. Desde esa primera fila entre bambalinas, emitimos nuestros juicios y comentarios.

También son muy útiles las sillas para que las clientas dejen sus bolsas o aquello que porten. Cuántas veces hemos tenido que salir corriendo tras de alguna porque en el entusiasmo de la compra se van y dejan allí lo que ya traían.

-¿Por dónde se fue? ¿Derecha o izquierda?-

-Hacia el Ayuntamiento- le digo a Vanessa.

Y mi hermana sale escopetada para devolver aquello que en breve será echado en falta.

En las sillas de mi abuela se sientan las clientas a probarse los zapatos. Tan imponentes, tan cómodas, tan recias parecen tronos donde sentirse como una reina. Cierto es que algo altas son y por ello disponemos de un calzador más largo del habitual para facilitar el calce.

Las sillas de mi abuela

Si las sillas de mi abuela hablaran… Están distribuidas, según se entra, dos a la derecha y cuatro a las izquierda, alineadas de dos en dos formando una ele. A esa parte de la tienda yo la llamo con cariño el salón de té. Porque es lo único que nos falta, una mesita de centro y una taza humeante. Las confidencias, los secretos, las penas, las alegrías, los llantos o las carcajadas ya las ponemos nosotras y vosotras. No será la primera vez que una clienta, de esas de siempre que ya son amigas, entra y espeta “ay si supieras lo que me pasó”.

-Ven para acá. Sienta- le indicamos palmeando el asiento de una de las preciosas sillas.

Y puede ser un disgusto. O una anécdota. O un hecho hilarante. O, simplemente, ganas de que alguien la escuche. Pero allá nos sentamos las dos, o las tres o las cuatro si está mi madre. Y resolvemos el mundo. Escuchamos, aconsejamos, abrazamos o lo que se tercie. Si es lo que yo digo, estas sillas son como el diván de la consulta de un psicoanalista. Invitan a las confidencias y tienen, estoy segura, un aquél sanador.

Las sillas de mi abuelaLas sillas de mi abuelaLas sillas de mi abuela

Son las sillas sonde se sienta María los viernes por la tarde, cuando sale de la peluquería y viene a vernos y a charlar hasta la hora de cierre; donde Cova descansa agotada después de que Oto, su joven samoyedo, la lleve casi a rastras por el Campillín y el Parque de Invierno; donde Benjamín se concentra para dar con la avería del portátil que me ha regalado; donde Charlie y Nole nos esperan mientras hacemos caja; donde mi padre disfruta de los pases que hago cada vez que llega la ropa de una nueva temporada; donde mi madre se deja caer sin aliento tras subir las escaleras del aparcamiento y la calle Juan Botas, que con su asma un día nos la matan o donde mi hija se acomoda sin despegar la mirada del móvil y reclama “¿hay morenitos en el cajón?” pero no se levanta.

Las sillas de mi abuela

Mi abuela, que fue la que adquirió el negocio mediante traspaso, siempre estaba sentada en la tienda, al fondo del antiguo mostrador. No atendía, eso lo hacían mi madre y mi tía, pero ejercía como nadie de relaciones públicas. Quizás estas sillas, las suyas, sean el mejor homenaje a lo que ella hizo. El acto de estar sentado y escuchar. Quizás sea su espíritu, a través de sus sillas, el que hace que El antiguo Iriarte haya cumplido 55 años y sea mucho más que una tienda. Yo estoy convencida. Somos lo que somos y las sillas de mi abuela han tenido mucho que ver.

Gracias Luz Sol, una vez más, por la divertida sesión de fotos familiar que acompaña a este texto y por su complicidad y entrega. Y gracias también a Jaime, nuestro pequeño saltarín, que tuvo el valor de enfrentarse a papá botando ante sus narices, y a Teruchi, nuestra regia maniquí.

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