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El antiguo Iriarte

Ropa, zapatos y bolsos para una mujer real

De la fregona a la pasarela

   

 Por Sandra Solís

 

Regentar hoy en día un negocio es un deporte de riesgo. Vives al límite. Llegas por la mañana y, cuando estás abriendo la tienda, te fijas cómo ha dejado los cristales del escaparate la máquina municipal que limpia las calles. Dejará los adoquines impolutos, pero los vidrios quedan en tal estado que hasta cambia el color de los bolsos que lucen al otro lado. Y si han caído unas gotas, ni os cuento. Empujas la puerta y, ya dentro, compruebas que el carrito de la compra que arrastraba la clienta que entró el día anterior a última hora ha dejado unas feas huellas de barro en la linda baldosa. Dejas el abrigo y el bolso, enciendes la estufa y el ordenador y te remangas. Zafarrancho de combate. Antes de que te pille una clienta, subes el aspirador del almacén, llenas el cubo con agua caliente y algún producto de limpieza perfumado y corres a poner un poco de orden. Veinte minutos después, la tienda parece otra cosa. Vuelves a cargar el cubo de agua, te pones una chaqueta de punto gruesa y sales a enfrentarte al frío y a esas horribles manchas del primer escaparate. Sólo quedan cuatro más. Es el turno de los cristales. Cuando vas por el segundo, entra una chica a probarse unos zapatos. Dejas el cubo, la fregona y el trapo en mitad de la calle. Y el cristal empapado. Tras quince minutos, sales contenta porque la venta fructificó. Pero el agua se ha secado y tienes que volver a empapar el cristal. Lo haces rápido, no vaya a entrar alguien más. Además, estás fuera y has dejado la tienda sola. De ahí que no es raro que te contonees de forma extraña mientras limpias. No es por nada, es para tener siempre a la vista la puerta a través del cristal y desde fuera. Eso requiere destreza y forma física.

Mi madre haciendo flores de papel.

Mi madre haciendo flores de papel.

Poniendo el escaparate pequeño.

Poniendo el escaparate pequeño.

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Limpiando por dentro el cristal de uno de los escaparates.

Rotulando etiquetas

Rotulando etiquetas

Relucen los escaparates y te das por satisfecha. Vuelves a entrar. Ahora toca atender el correo y la redes sociales. Parece que sale el sol, aunque hace un frío de agárrate y te has quedado helada tras estar afuera limpiando. Llega Vanessa.

-¿Un café?-, pregunta.

-No, prefiero caldo.

Se marcha a por el tentempié de la mañana. Cuando vuelve, me lanzo a la taza humeante. ¡Estoy helada! Rondan las doce de la mañana y, como por arte de magia, se empieza a llenar la tienda. Mi hermana despacha unas botas y un bolso de forma simultánea, yo busco tallas de vestidos para una señora. Entra un transportista y nos deja un par de cajas de zapatos de la nueva temporada. Los caldos van perdiendo temperatura. Entra un señor a comprar una camisa que viste uno de los maniquíes del escaparate. Lo desnudo, al maniquí, y le envuelvo al señor el regalo. Antes, tomó un sorbito de caldo. Frío.

Igual que se llenó, la tienda se vacía. Aprovecho y me pongo una chaqueta de punto, cojo un bolso tipo sobre y le digo a mi hermana que me haga una foto fuera para colgar en Facebook e Instagram. Salimos a la calle y hacemos varias instantáneas.

-¿Te gusta esta?-, me dice mientras me muestra la pequeña pantalla.

-Perfecta.

Vanessa, que tiene, al contrario que yo, un smarthphone de gama alta, retoca un poco la imagen (la encuadra, le pone más brillo y le da la luz de Valencia) y la publica.

-¿Qué pongo?

-Look para un día frío y soleado. Y las marcas.

Con otro paraguas.

Con otro paraguas.

Mi madre posando con un paraguas

Mi madre posando con un paraguas

Otro posado para Facebook e Instagram

Volvemos a entrar. Abrimos las cajas que trajo el transportista. Marcamos la mercancía y la bajamos al almacén. Vanessa me dice que ya tenemos 15 “Me gusta” en Face. Instagram se nos resiste un poco más. Mientras trajinamos por la tienda, nos hacemos unas instantáneas para documentar este post.  Mi madre, que llegó hace un rato, aprovecha para hacer flores con papel de seda para decorar los paquetes de regalo.

 

A la una y media, hora de cierre, se cuelan dos chicas en la tienda.

-Sólo venimos a mirar-, anuncian

Se queda Vanessa y yo vuelo hacia el súper para comprar pan y un par de cosas que me faltan para hacer la comida. Por la tarde, abre mi hermana. Quita dos escaparates y limpia el mobiliario. Cuando yo llego, visto a los maniquíes y coloco los accesorios. Vane escribe e imprime los precios en el ordenador. Entra gente y ambas atendemos. Consultamos Facebook. Ya han visto la foto de por la mañana 500 personas. ¡Bien! Comprobamos que gustan más las imágenes en las que salimos nosotras  que en las que sólo sale mercancía.

Bajando mercancía al almacén.

Bajando mercancía al almacén.

Marcando mercancía recién llegada

Marcando mercancía recién llegada

Vane imprimiendo precios

Vane imprimiendo precios

 

A las ocho cerramos. Por la noche, ya en casa, miro en internet un par de marcas que nos interesan para la tienda y, ya más relajada, accedo a la página de administración de este blog. Voy a escribir sobre el día a día de un comercio pequeño y familiar.

No todos los días son tan estresantes como el que he descrito. Los hay muy tranquilos. Pero también los hay más movidos aún. Lo que quería transmitiros con esto es el esfuerzo diario que supone mantener un negocio, desde lavarle la cara hasta controlar de nuevas tecnologías, de técnicas de venta o de escaparatismo. Incluso, ya veis, hacemos hasta posados. Por ello es muy importante que lo valoréis y que sigáis apostando por esas pequeñas tiendas con encanto que hay en todos los barrios y en todas las ciudades. Cada vez resisten menos a la crisis, y es una pena porque hay verdaderas joyas. Nosotras luchamos por nuestro establecimiento, pero queríamos daros las gracias porque sin vuestro apoyo y vuestra fidelidad, no llevaríamos tantos años en la brecha.

Y para terminar esta crónica de la fregona a la pasarela, quería recomendaros un libro que he leído el pasado mes de diciembre y que me ha encantado. Se titula “Historia del comercio y de los comerciantes de Oviedo” , de la editorial Trea. Su autor, Carlos del Cano, repasa de una forma muy amena la trayectoria de los negocios de la ciudad. Habla de las primeras rebajas, del inicio del escaparatismo, de las zonas comerciales, de la primera vez que se pusieron precios fijos y de las técnicas comerciales. Una forma de conocer las historia de nuestra ciudad a través de las tiendas y de las personas que había tras ellas, con divertidas anécdotas, crónicas periodísticas de la época y un montón de fotografías en las que da gusto deleitarse y reconocer las calles y los rincones de Oviedo. Yo disfruté mucho con su lectura. ¡Ah! Y hace una pequeña reseña a El antiguo Iriarte.

2 respuestas a “De la fregona a la pasarela”

  1. gloria diaz perez

    Me encanta describiste el día a día de una dependienta
    , sigue así luchando , un abrazo.

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    • elantiguoiriarte

      Gracias Gloria. Veo que conoces la profesión y sabes de lo que hablo. Seguiré luchando, por supuesto, y comentarios como el tuyo y que me sigas en el blog me animan muchísimo. Un abrazo.

      Responder

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